Mar

¡Ya es viernes y las vacaciones están a la vuelta de la esquina! Hoy toca relato que parece sacado de un anuncio de cerveza local, jajajaja. 

Desde que era niño siempre había pasado los veranos en el mismo lugar. El sol abrasador que, si te descuidabas, te dejaba marcado durante días; la fina arena que era capaz de convertirse en castillos o agujeros infinitos, donde simplemente podías meterte y enterrarte en el frescor de las profundidades de la playa; el agua salada que, al abrir los ojos dentro, escocían una barbaridad.

El mar mediterráneo siempre había sido el lugar de veraneo familiar hasta que todos nos fuimos haciendo mayores. Trabajábamos en verano para poder subsistir en invierno, en plena época universitaria. Pagarnos las cervezas y las partidas en la bolera los días que nos tocaban clases aburridas y así, todos los primos, nos veíamos casi todos los jueves. Aunque aquello también llegó a su fin el momento en el que nos matriculamos de nuestras respectivas carreras y el peso laboral se convirtió en una mochila que cargar en nuestros hombros. Horarios intempestivos, sueldos raquíticos que te conducían a una adicción a la cafeína y a millones de horas invertidas.

—¡Solo hacéis que quejaros, la juventud! —sentenció nuestra abuela en un día histórico, el día que nos juntamos toda la familia para comer.

Yo, a pesar de todo lo que nuestra sociedad nos presionaba, inculcaba y esperaba de nosotros, no podía quejarme. Encontré la manera de vender mis propios diseños por mi cuenta y, de esa manera, ser autónomo, sin necesitar a nadie por encima ni por debajo de mí. Yo era el único que decidía lo que debía hacer en todo momento, aunque eso no me librara de trabajar. Así que no, no me quejaba.

Cuando estaba en la universidad soñaba con tener ese tipo de vida, pero una vez la conseguí, con una facilidad vertiginosa, fui consciente de que no era suficiente. Y no era inconformismo ni ambición, sino vacío. En verdad no tenía nada que ver con lo laboral, ya que en ese campo me sentí pleno y satisfecho, sin necesitar dar ningún paso más.

Pero en otros aspectos estaba vacío.

Lo que me llevaba de cabeza y no llegaba a comprender: el amor.

Empecé  pensar que el problema era yo, ya que las mujeres no solían huir de mí en cuanto las buscaba con mala intención. Ellas también las tenían para conmigo, era un intercambio mutuo, pero nada más. No me había topado con la mujer que me dejara prendado, que me obligara a verla día sí y día también, que no pudiera borrarla de mi cabeza y que me nublara el sentido y me llevara a cometer locuras. Pero no. No había llegado todavía para mí en aquellos casi treinta años que era un individuo más en el mundo. Intentaba no agobiarme, pero a cada año que pasaba mi agobio fue in crescendo.

Más me agobiaba cuando a cada reunión familiar se sumaba un miembro a aquella familia tan disparatada, con la dichosa pregunta que todos los asistentes pronunciaban:

—¿Y tú qué? ¿Para cuándo? ¡Te vas a convertir en el único soltero de la familia!

Intentaba no darle importancia, ya que eran comentarios sin mala intención, pero no podía evitar que me hicieran un poco de mella en la moral.

Porque algo en mi interior me pedía desear a alguien, sentir cómo era derretirse en los brazos de alguien y no querer separarse jamás. Mi primo Carlos era el único que conocía ese vacío.

—Tómate unas vacaciones, pero ve solo. Tenía pensado ir con Raquel a la casa de verano, no está solicitada este año pero… creo que lo necesitas más que yo.

—No, no cambies los planes por algo que no va a suceder en un verano.

—En serio, los padres de Raquel no irán al pueblo y era otra de nuestras opciones. Este año con todo el tema de la hipoteca nos hemos quedado sin un duro. Aprovecha que no va nadie este año.

Lo medité un poco, pero tampoco desaproveché la oportunidad. Desde que tenía uso de razón eran muy pocos los años que aquella casita, situada muy cerca de la costa mediterránea, no era ocupada en verano. Me iría muy bien para despejarme, buscar respuestas a las preguntas que me acechaban entorno al amor y, si los planetas se alineaban, conocer a la heroína que me salvaría de esa desmotivación.

Con una simple mochila, llena de cosas indispensables para mis vacaciones: un par de bañadores, cuatro mudas, mi pequeño cuaderno junto con los bolígrafos que siempre utilizaba y material de aseo. Nada más.

La casa estaba equipada con todo lo demás: como toallas, sábanas, ropa de abrigo por si refrescaba… Y si me faltaba algo siempre podía comprarlo, a fin de cuentas no me había marchado a la otra punta del mundo de vacaciones. En caso de urgencia podía subir y bajar el mismo día con la moto a Barcelona, sin ningún tipo de problema. Pero debía ser una situación de vida o muerte. Si volvía a mi zulo tiraría por la borda lo que me había propuesto.

Y, como animal de costumbres que era, me impuse un ritual diario: ir temprano a la playa para conquistar aquella pequeña orilla entre rocas. Aprovechar la paz que habitaba en ese rincón para leer, dibujar, nadar y pensar. De camino a la casa compraba los alimentos justos y necesarios para la comida y la cena. Antes de meterme de lleno en la cocina realizaba mi tabla de ejercicios, me gustaba sentirme bien conmigo mismo, al igual que mantenía una dieta saludable.

Preparaba la comida con esmero y mimo y, de lo único que no había podido prescindir era de mi cigarrillo después de comer. En esa media hora de calma que te pide el estómago a la vez que introduces la segunda dosis de cafeína del día. Me encantaba el momento de tener la taza humeante de café encima de la mesa mientras me liaba un cigarro, me otorgaban una calma de la que no podía prescindir ni estando de vacaciones. Cuando el sol bajaba aprovechaba la ocasión para coger una de las bicis que guardábamos en el sótano y me dirigía hacia la montaña. El olor a hierba húmeda y las chicharras cantando por el intenso calor.

Me pasaba todo el día de arriba abajo, sumergido en el mar por la mañana y engullido por los árboles casi hasta el anochecer.

Cuando volvía a la hora de cenar me metía en la cocina con el mismo esmero que por la mañana, pero después paseaba cerca de la orilla para tomar el último café del día en alguno de los chiringuitos. A veces intercambiaba miradas con alguna chica, pero no había más. Yo no quería más.

Aquel verano no quería experimentar lo que ya solía hacer en mi día a día, no quería despistarme con encuentros de una noche. Mi objetivo era reflexionar y centrarme en buscar la respuesta a mi pregunta.

Y llegó de la manera más original posible.

En mi quinto día de retiro vacacional, me levanté temprano para ir a mi rincón en la playa. Solo llevaba la toalla, el bañador, la camiseta, las chanclas, un libro, el cuadernillo de dibujo y el bolígrafo más roñoso que tenía, pero el que mejor funcionaba. Lo primero que hice al llegar, aparte de quitarme la camiseta y dejar todas mis cosas sobre la toalla, fue meterme en el agua. Me gustaba estar empapado mientras el sol me daba de pleno, se hacía más llevadero. Cogí el cuadernillo y mi eterno bolígrafo y di rienda suelta a la imaginación. Dibujaba con libertad, desconectando de los clientes pero cogiendo carrerilla para los proyectos de septiembre. Un equilibrio que me gustaba.

De vez en cuando levantaba la vista para mirar las olas, como buscando esa chispa necesaria para rematar el esbozo. Hasta que vi una sirena saludándome desde lo lejos.

Parpadeé cuatro veces y focalicé mi vista en ella. Le respondí con el mismo saludo, levantando la mano y agitando con suavidad. La Sirena, sin embargo, creyó oportuno acercarse hasta la orilla donde me encontraba. Nadaba a una velocidad normal pero con estilo. No dejé de mirarla hasta que llegó a la meta, donde llegué a pensar que, siendo una sirena como era, no tendría piernas para caminar.

Fue saliendo del agua y, como una estrella de cine, con su cámara lenta incluida, se sentó a mi lado. Sus ojos eran verdes como los pinos y su cabello del color de la genista. Ella derrochaba verano en cada gota que caía de su cuerpo hacia la arena y su olor a bronceador suave le daba un toque apetitoso.

—He vuelto a creer en las sirenas —le dije desde el alma.

Me gustaba ser seductor, pero con ella me salió desde dentro. No tuve la necesidad de forzar el diálogo y los halagos. Era hermosa, y una fuerza interior me impulsaba a aventurarme en terrenos desconocidos.

—¿De dónde eres? —pregunté.

—Vengo del fondo del mar, soy una sirena, ¿recuerdas?

Me siguió el juego, y a cada palabra yo me quedaba más embobado. Nuestra combinación de frases encajaba como la arena y el agua, meciéndose la una a la otra de manera placentera.

—¿Cómo te llamas?

—Mar —respondió.

Entonces mi corazón palpitó dos veces. El primero por asimilar su nombre y el segundo por lo que ese nombre me transmitía. Algo empezó a remover mis preguntas, sin saber todavía de qué se trataba. Me moría por descubrirlo, y más si era con ella.

—Yo me llamo Pau, y no sabía que las sirenas tuvieran piernas.

—¿Entonces qué haríamos si queremos saludar a un chico solitario en la orilla?

Coqueteo, seducción, atracción y tensión. ¿Era eso lo que debía sentir? Que aquella chica se hubiera acercado a mí de aquella manera y, que me hubiera seguido el juego, era algo insólito. Supe que no podía dejarla escapar.

Le propuse si quería comer conmigo en casa, y no se negó. Al contrario, parecía estar esperando la propuesta. Le pregunté si quería recoger sus cosas o avisar a alguien, pero me dijo que también estaba sola y que no llevaba nada más encima, solo el bañador. Como era lógico, me puse nervioso. Tenía un cuerpo que emulaba las ondas del mar y eso la hacía más bella.

De camino paramos a comprar, y esta vez cogí más cantidad. Ella me seguía sin rechistar en ningún momento, envuelta con mi toalla y observando todas las cosas que cogía para hacer una simple paella de verduras.

Cuando llegamos a la casa le dejé una de mis camisetas, que se la colocó muy gustosamente al igual que se desprendió de la parte de arriba del bañador. El enano que todos llevábamos dentro que se encargaba de prender la hoguera del deseo y la lujuria, metió leña de golpe al igual que un bidón de gas muy inflamable. Reventé por dentro. Ese simple gesto me encendió de tal manera que tuve que esconderme de ella para que no se riera de mí y mi excitación. Pero no terminó ahí.

Mientras cocinábamos no dejaba de contonearse a mi alrededor, llevándome al límite y poniendo a prueba mi paciencia. Por suerte, me supe controlar y mantenerme atento al fuego de la cocina, el mío se podía apagar más tarde.

Compartimos una botella de vino blanco, un plato de paella de verduras a rebosar y una conversación de lo más pacífica. Nos hacíamos preguntas sobre nuestro trabajo, nuestro hogar, la familia y estudios. Aunque ella esquivaba muchas de las preguntas, dejándolas sin respuesta. Lo único que me quedó claro es que procedía de una familia que se dedicaba de pleno a la vida marina, y que por ese motivo se llamaba así.

Cuando terminamos de comer, y como era uno de mis rituales inquebrantables, me lié un cigarro mientras se hacía la cafetera. Le ofrecí el cigarro que monté, pero no fumaba. Tampoco le molestaba que yo lo hiciera, decía que ese tipo de tabaco no tenía el mismo olor que los otros. Lo que sí le fascinaba era el olor del café, y en cuánto subió en la cafetera no tardé en servir dos tazas.

Salimos al porche, donde me encendí el cigarrillo y, mientras dábamos pequeños sorbos al café, no dejábamos de mirarnos. Yo no había dejado de hacerlo desde que salió de la orilla, pero es que ella tampoco. Nos atraíamos de una manera especial, diferente a lo que ya había experimentado antes. Deseaba probar sus jugosos labios, acariciar su morena piel y notar su olor muy cerca de mí.

Ella apuró de un sorbo del café y se levantó. Pensaba que era el momento en el que se despedía y me daba las gracias por invitarla a comer. Pero me equivoqué.

Cogió el pitillo entre sus dedos y lo dejó reposando sobre el cenicero. Se encaró para colocarse a horcajadas sobre mí. Sus gestos me hacían imaginar que me estaba arrollando un tsunami, pero que estaba encantado de dejarme llevar por su corriente.

Juntó muy despacio nuestros labios, donde realmente exploté y respondí algunas de las preguntas que tanto me hacía.

Sus labios sabían a sal, a sol y a arena. Tenían el sabor del Mar, pero es que ella era el océano en estado puro.

Hicimos el amor durante toda la tarde, como nunca lo hice con otra chica. Ella se mecía encima de mí como las olas sobre la orilla, deshaciéndose a cada ida y recuperando la fuerza en la venida. Un oleaje que dejaba marcas sobre mi cuerpo.

Cada gemido, susurro y orgasmo era sincero.

Los cinco días restantes de vacaciones, Mar aparecía de vez en cuando, siempre de la misma manera y con el mismo atuendo, solo en bañador. Repitiendo en cada encuentro los mismos pasos que el primer día, caminando hasta casa cargando una bolsa con los alimentos del día y con una sonrisa enorme en la cara. El mismo ritual en la cocina, en el café de después y el cigarrillo y en la sesión de sexo que nos dejaba exhaustos.

Ambos no nos explicamos apenas nada sobre nuestras vidas. A pesar de que lo intenté. Le pedí el teléfono, pero me dijo que no tenía, que ella era alguien libre y que no requería de ese tipo de instrumentos. Yo solo quería saber de ella, ya que me quedaban dos días de vacaciones y quería saber de ella al volver a Barcelona.

Pero ya no volví a verla más. Y con su ausencia y distancia me sentí diferente. Le había tomado un cariño especial, un nuevo sentimiento descubierto que originó las respuestas a mis eternas cuestiones.

Solo me hizo falta la compañía de aquella misteriosa chica para darme cuenta de algo que siempre había estado dentro de mí: el amor.

Me había empeñado tanto en encontrarlo que pasó desapercibido, pero siempre estuvo ahí. Siempre.

El amor por el mar, la arena, el olor a salitre, los niños construyendo fortalezas en la orilla y las parejas paseando dentro y fuera del agua de forma simultánea. Siempre había estado enamorado del mar.

Del mediterráneo.

De mi tierra.

Aquellas vacaciones resultaron ser lo que esperaba. Volví renovado y sin forzar nada. Dejé de buscar, de hacerme preguntas y de preocuparme por el tiempo que nos marcaba la sociedad. Ya llegaría mi momento.

Una tarde, cuando salía de una reunión con un cliente, decidí ir a caminar por la playa. El otoño otorgaba siempre ese estado de temperatura leve que te dejaba combinar destinos playeros con las gustosas chaquetas de punto.

Remangué los tejanos, me quité las deportivas y los calcetines y empecé a caminar por la orilla. Miraba al horizonte y degustaba el olor del mar, hasta que una presencia reclamó mi atención.

—¡Hola!

Una chica menudita, pero con una belleza que no había visto nunca: melena larga castaña, ojos pardos, una sonrisa permanente y un cuerpo sinuoso como las olas del mar.

—¿Te importa que te acompañe? Me encanta pasear por la playa, siempre lo hago sola y, al ver que no era la única que lo hacía, me he animado a decirte algo —explicó con una voz dulce y cautivadora.

—Encantado de que lo hagas, me llamo Pau.

—Yo Ona.

Y, desde ese día, siempre paseábamos juntos.

Un día, de invierno y de condiciones climáticas imposibles, decidimos juntar nuestros labios. Desde que los probé ya no dejé de hacerlo. Ella sí que era el mar que tanto había querido y, juntos, hicimos el nuestro propio. Un mar en calma y acunado por el dulce vaivén del suave oleaje.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s