La semilla arácnida (#historiasdemiedo)

¡Hola!

Me he animado a participar en el concurso de historias de miedo de Zenda. Y sí, ya sé que es un género que no suelo escribir —aunque los que me conocéis ya sabéis que no me gusta encasillarme—, e incluso había descartado participar, pero esta noche he tenido una pesadilla con la única cosa a la que le tengo un pánico terrible: las arañas. Y al despertarme de ese sueño tan aterrador, he decidido plasmarlo y desarrollarlo en una historia que, espero y deseo, os guste.

Un abrazo enorme.


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Lucas logró llevar aquella relación al siguiente nivel, algo que deseaba desde que posó sus ojos en una preciosa mujer llamada Elena: joven, morena y con unas caderas bien marcadas.

Llevaba días viéndose con ella y cautivándola con regalos, palabras y alguna caricia, hasta que llegó el día en el que culminó aquel ritual. Al fin había logrado su objetivo; su único propósito con ella.

—Ya está hecho, mi Señor —pronunció con los ojos cerrados al salir del piso de la joven.

Elena se despertó debido a un cosquilleo y quemazón bajo su vientre, sintió movimiento dentro de su interior junto a unas náuseas que la obligaron a levantarse de la cama y mirar la hora: solo eran las cuatro de la mañana.

Fue hacia el baño para refrescarse y mirarse al espejo para convencerse de que todo estaba como siempre, pero el ardor empezaba a esparcirse progresivamente; cada vez era más intenso donde empezó y se extendía por el resto de su cuerpo. Lo mismo le sucedía con las náuseas, que se convirtieron en unas ganas de vomitar tremendas.

Mojó su cara con agua fría durante un buen rato para aliviarse, pero sin lograr una mejoría.

De repente un pinchazo la atravesó del ombligo a la tráquea, obligándola a encogerse por completo en el suelo del baño. Pudo sentir como en esa sensación espeluznante, que había experimentado segundos antes, se había instalado el cosquilleo y ardor que se inició en su bajo vientre. El miedo, el terror y la desesperación la bloquearon por completo, estaba totalmente paralizada por el pánico.

Pero pronto su cuerpo se vio obligado a moverse; las ganas de devolver fueron más intensas y tanteó el suelo del baño con sus manos para acercarse al inodoro y vomitar. Abrió la tapa y colocó sus manos alrededor de la cerámica para sujetarse con fuerza, apenas se mantenía en pie. Esa vez, lo que se conoce como arcada, fue muy distinta a las otras veces que las había sufrido; el maldito ardor y cosquilleo que estaba atravesando su cuerpo por completo había llegado hasta su garganta para abrirse paso al exterior, y aquello sí que fue espeluznante cuando Elena vio el líquido que había expulsado de su interior: una mezcla de bilis amarilla con unas bolas diminutas negras que dejaban a su paso un rastro del mismo color. ¿Qué era eso? ¿Qué había comido? Estaba claro que algo le había sentado mal.

Tiró de la cadena y se sentó en el suelo otra vez, pero esta vez apoyándose en la pared para poder tranquilizarse y respirar tranquila. Se convencía a sí misma de que solo era una indigestión, nada más. A pesar de que la quemazón seguía en su interior, logró calmarse un poco.

Sin tener los ojos cerrados del todo, tuvo la sensación de haber visto algo moverse en el inodoro; creyó que se trataría de la vista borrosa típica de las bajadas de tensión después de hacer tanto esfuerzo, pero al ver que persistían unas manchas negras diminutas en el retrete fijó su turbia visión en él. Y algo se estaba moviendo allí y se dirigían hacia ella.

Empezó a arrastrarse hacia atrás por el suelo, pero aquellas pequeñas y aterradoras criaturas se aproximaban hacia ella a gran velocidad. Ella con los pies intentaba apartarlas e incluso matarlas; pero lo único que consiguió fue que se engancharan a su piel. La respiración y los gritos de la joven se agitaron, pero más se exaltó cuando sintió como al paso de esas diminutas alimañas se le desgarraba la piel y se formaba un reguero de sangre: la estaban devorando.

Ella, entre gritos y lágrimas, intentaba quitarse con las manos esa especie de arañas de las piernas. Algo que fue imposible, ya que a medida que se alimentaban de su sangre, más grandes se hacían.

Volvió a sentir el mismo pinchazo que la dejó bloqueada minutos antes, esta vez en su bajo vientre; pero fue mucho más intenso y acompañado de un crujido aterrador en su pelvis. ¿Qué narices estaba pasando? Se sentía totalmente perdida y enloquecida, hasta que sintió, una a una, la salida de cada una de aquellas diminutas arañas por su matriz, rompiendo su ropa y esparciéndose por todo su cuerpo a medida que iban saliendo, devorándola por completo por fuera y por dentro, hasta que no dejaron ni un trozo de carne en aquel aseo.

Lucas esperaba en un callejón fumándose un cigarrillo mientras sujetaba una urna negra. Cuando vio a la primera araña salir por una tubería abrió el recipiente en el suelo y, en un minuto, todas se instalaron en aquel envase. La cerró para entregársela a su Amo y encomendar así su deuda con él: librarle de la muerte y vivir eternamente en el mundo de los mortales como un joven atractivo y arrebatador, pero incapaz de engendrar un ser humano, solo esparcir una semilla arácnida que depositaba en el cuerpo de una joven cada año, para así sacrificarla.

Caminó hasta el portal que se abría cada 31 de octubre y dejó la oscura urna enfrente de aquella puerta lumínica y estremecedora; invocando al Señor. Éste no tardó en aparecer, rodeado de humo negro y rojo, para hacerse con su dádiva: una joven hermosa arrebatada del mundo de los mortales para poder llevar a cabo sus deseos y caprichos más oscuros.

Un pacto de sangre ancestral para no arrebatar más vidas mortales; con las que llevar a cabo sus prácticas más oscuras y temibles.

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