El tren de la vida

Esta vez voy a dedicar una entrada a un pequeño relato que se ideó en mi cabeza hace unos días. También creo que, para cualquier escritor novel, es bueno practicar con pequeños relatos. Donde lectores pueden darte opinión y, sobre todo, no dejar de aprender de nuestros errores. 

Allá va, espero que lo disfrutéis, 🙂

Llegaron las vacaciones y, con ellas, mi repentina soledad. El frío del lado izquierdo de la cama, la difícil tarea de cocinar para un comensal, la presencia de un único olor en el hogar, el silencio que te arropa inevitablemente en el sofá y, lo más doloroso y notable, la ausencia de cariño y amor.

Su inesperada marcha cambió por completo todos mis planes. Nuestro futuro juntos, las ganas de crear vida y criarla, ver como la vejez nos golpeaba mutuamente y abandonar el mundo cuando nuestro cuerpo estuviera preparado para ello. En su caso se saltó un peldaño generacional, dejándome vacía e incompleta. Demasiado joven.

Un compañero del trabajo me sugirió que no estuviera en casa. Aprovechar las vacaciones para alejarme de todo lo que me recordara a él. Descubrir territorios, situaciones y ambientes totalmente nuevos. Deshacerme de la coraza que me había fundado el día que lo vi convertirse en cenizas. Comprender que, como me había asegurado una y otra vez mi compañero, la vida debía seguir para mi. Todos teníamos un final escrito, algunos muy pronto y otros más tarde, pero todo estaba decidido desde el momento en que nacemos. Había que aprovecharlo.

Preparé una pequeña maleta con lo indispensable. Material de aseo y un par de mudas que se adaptaban a cualquier clima. Comí ligero, tomé una ducha y salí del piso que tantos recuerdos dolorosos me amontonaba en la cabeza. Fui caminando hasta la estación principal de la ciudad. Hice cola para sacar un billete de tren y, en cuanto llegué a la taquilla, no dije ningún destino.

– Desearía viajar en un tren de larga distancia con camarote y que haga el mayor recorrido posible, lejos de aquí. sin billete de vuelta, por favor – comuniqué al chico del mostrador.

Me costó caro, pero eran nuestros ahorros para las vacaciones. Al fin y al cabo esa era su finalidad, alejarnos de la ciudad y descansar de nuestra rutina laboral para disfrutar el uno del otro. Esta vez me tocaba hacerlo sola, y debía ir acostumbrándome.

Me dirigí a los andenes y busqué el tren que me asignaron. Miré en mi billete la localización de mi estancia. Vagón número nueve, camarote dos. Este tipo de trenes tenían la peculiaridad de que los asientos se encontraban separados de los camarotes individuales. Los asientos se compartían con la cabina contigua. Dejé mi maleta encima de la cama, cogí uno de los libros que había escogido de la estantería y fui a los asientos. Logré concentrarme en la prosa de aquella novela hasta que el tren se puso en marcha.

No tuve compañía hasta pasados diez minutos del largo recorrido que tenía por delante. Entró como un torbellino, abriendo la puerta de golpe y cerrándola de la misma manera. Alto, fuerte, joven y despreocupado. Deberíamos tener la misma edad. Levanté la mirada del libro y me saludó con una sonrisa que me mostraba una dentadura impoluta. Me quedé helada. En aquel preciso momento me arrepentí de haber cometido aquella locura. Se parecía demasiado a él y no lograría tirar hacia delante teniéndolo delante.

– Buff, casi pierdo el tren – me dijo antes de que me diera tiempo a huir de su presencia -. Disculpa que haya entrado como un salvaje, a veces me vuelvo un poco loco – volvió a mostrarme ese gesto de felicidad que tanto me recordaba al hombre que se había ido. Fui condescendiente en mi respuesta con otra sonrisa -. ¿Murakami? Vaya, uno de mis escritores preferidos. Un poco triste, pero endiabladamente tierno. ¿No te parece?

– Es justo lo que siempre digo – contesté. Con él siempre describía lo que la literatura de Murakami me hacia sentir. Nuestra historia empezó por culpa de la pasión que sentíamos hacia el autor -. ¿Has leído algo suyo?

Y así empezamos una conversación. Nos presentamos, explicamos nuestras profesiones y me explicó que iba a visitar a sus padres. Yo lo único que conocía era el destino, nadie me esperaba allí. Prácticamente hablamos de la literatura Japonesa en general y, sobre todo, de Murakami. Aquella charla me recordaba tanto a él que me sentí reconfortada. El vacío que se había apoderado de mi alma se estaba llenando con su presencia gradualmente. Comodidad, calidez y una sensación de plenitud me embriagaban.

Su forma de reírse, moverse, hablar e incluso sus pensamientos eran totalmente parecidos. Como una ligera copia de él.

Las palabras acortaron distancias. El olor iba atrayendo nuestros cuerpos a los roces accidentales. La suavidad y la electricidad que transmitía aquellos contactos nos llevó a caricias consentidas. La proximidad de nuestras manos fueron el pago del peaje hacia nuestros labios. Sabía, olía y besaba como él.

– Lo siento, no debería estar haciendo esto. Apenas te conozco y no quiero que el simple hecho de que me recuerdes tanto a alguien me lleve a cometer una locura – le comuniqué apartándome de él.

– Somos dos personas adultas que se atraen, sin compromisos y con toda la vida por delante. ¿Qué es el deber? No dirijas tu vida por lo que está bien o está mal, solo haz lo que realmente quieras hacer.

Le expliqué la causa de aquel viaje. La pérdida de la persona que más amaba por una enfermedad que se lo llevó de un día para otro. Sin avisar para poder luchar contra ella. Y también porqué decidí hacerlo. Mi alma se había perdido en algún lugar del mundo y ansiaba encontrarla.

Me sugirió que nos dejáramos llevar. Si tenía la necesidad de pensar en que él era aquella persona, no le importaba lo más mínimo. Así que tenía una noche para poder disfrutar de su recuerdo y poder despedirme de él para siempre. Reservamos una mesa en el vagón restaurante. Una cena de lo más romántica entre dos desconocidos que sentían que se conocían de toda la vida. Las intensas miradas, los roces de piernas intencionados bajo la mesa y los jugosos pellizcos en las manos. Había logrado que mis labios volvieran a tensarse en una sonrisa. Esta vez el gesto era sincero e inevitable.

– Quiero volver a disfrutar de lo que me rodea. Emocionarme y sentir las cosas como antes.

Al volver de cenar fuimos directos al camarote donde estaba mi cama. Enredados en brazos, manos, labios y lenguas. No tardamos en desnudarnos y transmitirnos la pasión el uno al otro. La misma sensación, el mismo ritmo y la misma magia. Aquel chico me estaba regalando algo más que una noche de placer. Me estaba dando la oportunidad de sentirme en paz con el amor de mi vida. Estaba cortado por el mismo patrón. Parecía como si su alma le hubiera poseído. Conocía todos mis puntos débiles, donde tenía cosquillas y mis zonas más sensibles. Era él.

Después nos mantuvimos abrazados en la cama. Donde le pedí que no dejara de abrazarme y que acabáramos de pasar la noche juntos. Y así hicimos.


A la mañana siguiente nos despertamos con una sonrisa y preparados para una despedida. Habíamos llegado a nuestro destino y ese tren debía volver al origen. La tranquilidad y paz que desapareció el día de su ausencia había vuelto. Nos dijimos adiós con un abrazo en la estación y un beso en los labios.

– Tomaste este tren para disfrutar del viaje y, en cuanto llegues a tu destino, darte cuenta de todo lo que te queda por hacer. Tienes toda tu vida por delante y debes disfrutarla como lo has hecho durante este trayecto. Vívela al máximo.

Esas fueron las últimas palabras que me dedicó. No volví a verle nunca más, pero no me hizo falta. En cuanto puse un pie fuera de la estación, una cálida sensación me invadió por completo. Retomé la vida que pausé con su marcha.

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8 comments

  1. Lo Lei hace unos días, pero entre pitos y flautas no he podido responder.
    Por un lado, me ha gustado el relato. Aunque no soy muy de escritura romantica, el concepto de pasar página y seguir con tu vida, me ha gustado.
    Por otro, estoy de acuerdo con lo que dices al principio. Creo que escribir cosas cortas ayuda mucho a mejorar. Escribir pequeños relatos facilita que la gente lo lea y pueda opinar, y sobretodo uno mismo. Es más cómodo reeler un relato de un par de páginas que todo un tochaco de mil. Además, como simple ejercicio, el llevar un blog e intentar mantener una asiduidad de escribir ya hace que… pues eso, que escribas

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    1. ¡¡Gracias por tu apoyo!! Seguiré haciendo más relatos de diferentes géneros, por el momento estoy en una época un poco romántica…

      Después de leer un montón de artículos de expertos en la materia, y no parar de ver que aconsejan este método, me he animado. Y animo a todo escritor independiente o novel a que lo haga, merece la pena.

      Le gusta a 1 persona

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